El asiento de atrás

Un hombre está sentado en el asiento de atrás de un carro, llorando, junto a su perro. Suena Nothing compares 2U. El animal lame las manos del sujeto, que están entrelazadas fuertemente sobre su ombligo. Es la manera en la que este señor logra contener sus llantos descontrolados, que son incontenibles durante largo rato si no lo consigue reprimir. 

Afuera llueve y es de noche. Apenas hay un poste de alumbrado público, de luz blanca y fría, con la mitad de sus focos apagados, ubicado a unos dos metros del carro. Adentro, el hombre y el perro se mantienen en silencio. En la radio ahora se escucha Words don’t come easy. 





Alguien golpea el vidrio. El hombre sólo puede observar una silueta que se proyecta en la opaca ventana, escasamente iluminada por el poste de afuera. Las gotas que caen y se desplazan por el vidrio deforman a esa figura humana que vuelve a golpear el vidrio, enérgicamente.


El hombre se limpia las lágrimas, nervioso, porque no sabe quién podría ser y qué explicación tendría que dar. Enciende la lámpara interna del carro, que la tiene justo sobre su cabeza y se da cuenta que el perro se orinó. En vez de molestarse, nuevamente le dan ganas de llorar porque le entristece que su mascota tenga que estar soportando junto a él ese momento.


Tercera vez que golpean la ventana, pero esta vez es en la del piloto; antes fue atrás, del lado derecho. El hombre se pregunta si será una sola persona o varias las que le están llamando. Decide abrir la que está a su derecha, es decir, donde primero escuchó el llamado y en la que miró la silueta.


Termina de aplastar el botón que abre la ventana y solo alcanza a ver la puerta lanfor de una tienda que está cerrada. Pocos segundos después, cuando está por cerrar el vidrio porque nota que la lluvia está empapando el asiento, aparece un niño, o más precisamente, la frente y un poquito de cejas de un niño que pone sus dos pequeñas manos en el borde la ventana para apoyarse y elevar más su cabeza para mostrar su rostro completamente.


Es un niño de unos seis años, según le calcula el hombre, un poco rubio y cabezón, mientras le observa consternado, preguntándose qué va a hacer. Lo más lógico y humano que se le ocurre es abrirle la puerta. El perro se asusta y se va hacia el puesto del piloto, mientras el niño entra al carro con lentitud y timidez, pero ofreciendo una mirada de alivio.


El hombre se da cuenta que el pequeño se sentó sobre la orina del perro, después de cerrar la puerta. Al menos lo sentirá calientito, se dice a sí mismo, mientras no deja de mirar al niño, quien también le observa de frente, a sus ojos.


Hay un silencio momentáneo. El perro sigue adelante, ahora en el asiento del copiloto, observando al hombre y al niño con curiosidad


- ¿Por qué estaba llorando? - pregunta el niño.


El hombre no esperaba esa pregunta, aunque la entiende porque alcanza a verse en el retrovisor y se da cuenta que sus ojos están rojos e hinchados. Cae en cuenta que la lámpara interna del auto sigue prendida, así que la apaga enseguida.

- ¿Por qué andas solo por la calle a estas horas? - responde el hombre.


Suena La copa de la vida en la radio y el hombre canta, inconscientemente, el Go, Go, Go, Alé, Alé, Alé que le recuerda al mundial del 98.


Afuera, la lluvia sigue más intensa, de lo que el hombre cae en cuenta después de desentenderse de la canción, y enseguida prende otra vez la lámpara del carro. Quiere mirar qué tan mojado está el niño, porque no se había fijado en ese detalle. Está prácticamente seco, solo con insignificantes marcas de gotas en su camiseta verde limón.


- No quiero que me encuentren - dice el niño, con cierto recelo en su tono de voz.


- ¿Tus papás? - pregunta el hombre.

-Nadie - responde el pequeño, mirando desafiante al hombre.


Bastante conmovido, el hombre apaga otra vez la lámpara del carro. 


La silueta del perro se proyecta en el parabrisas, a través del contraluz que se forma con la luz blanca del poste de afuera. Principalmente se le ve su cabeza quieta, con sus orejas paradas destacando, observando con atención a esos dos protagonistas de una situación bastante particular.


- La noche que pude escapar llovía igual que hoy, aunque fue más especial porque en la tarde había granizado y el agua nocturna limpiaba el hielo acumulado de las calles - relata el niño.


El hombre está consternado por la manera de hablar del niño; supone que es un pequeño superdotado, que lee mucho y por eso tiene un vocabulario elegante y bien nutrido. Se mantiene en silencio.


- Esa tarde terminamos el ajedrez y subí a la habitación. Mientras veía caer y acumularse los granizos en el patio, planeaba mi huida. Aunque dudaba y tenía miedo, los gritos de pánico y el llanto estremecedor de Galito que se escuchaban hasta arriba me convencieron de no postergarla más - continúa el pequeño.


Un suspiro medio profundo del perro interrumpe unos segundos la narración del niño, mientras el hombre desempaña, por inercia, la ventana que tiene más cerca, con la curiosidad de mirar qué tan fuerte llueve y si alguien les acecha alrededor del carro. El aguacero se intensifica y el hombre no puede mirar afuera con claridad.


- La granizada fue la mejor idea que se le ocurrió al azar para aliarse con nuestro propósito. Es que Galito, Amanda y yo éramos los que ya no aguantábamos más. Por eso hablo en plural - recuerda el niño.


El hombre intenta comprender lo que está ocurriendo. Por un lado, sigue anonadado por la forma de expresarse de su acompañante espontáneo, y por otro lado, le emociona la intriga que le provoca el relato. Mientras tanto, su perro es un espiral peludo que duerme sobre el asiento del copiloto.


- Hace tres años comenzó la tortura. Yo vivía feliz con mis abuelos, hasta que un infarto acabó con mi abuela, mientras jugábamos a las escondidas en el parque. La encontré tiesa al pie del árbol donde pensó que iba a encontrarme trepado. Mi abuelo la siguió después de un mes, con tremenda tristeza a cuestas - cuenta el niño.


El hombre quiere opinar algo, pero no sabe qué decir. Además, tiene un intenso llanto atorado, al borde del estallido, que no quiere desatarlo.


- La tarde cuando se llevaron el cuerpo de mi abuelo de su dormitorio, terminé de leer Cien años de soledad, el primer libro grande que me atreví a leer, por recomendación de él. Leía y releía el título en la portada, temiendo que ese podía ser un presagio de lo que me esperaba.


Eye in the sky es el soundtrack de ese instante en el que el hombre no puede más y comienza a llorar. Se frota los ojos y las lágrimas no dejan de empapar sus mejillas y sus manos. Siente que vive un momento surreal, no entiende cómo un niño tan pequeño, aparece de la nada, a contarle una historia que le conmueve hasta el punto de provocarle llanto y piel de gallina, con una manera exquisita de hablar.


- ¿Cuántos años tienes? - pregunta, al fin, el hombre.

- Perdí la cuenta desde que mis papás me dejaron donde mis abuelos. Ese día yo cumplía seis y no les volví a ver nunca más. A partir de eso decidí no celebrar un solo cumpleaños más - dijo el niño.

- Tienes nueve, entonces - añade el hombre.

- Tengo los años suficientes para darme cuenta que la vida me tendió una trampa - responde el niño.


- ¿Por qué una trampa? - pregunta el hombre.

- Porque mis papás fingieron quererme, mientras preparaban todo para abandonarme, y yo caí - afirma el niño.


La conversación se interrumpe abruptamente con ladridos del perro. Parece que percibe que alguien o algo se mueve alrededor del carro, porque el escándalo que arma se desata entre saltos del animal, del asiento del copiloto al piloto y viceversa, con aullidos chistosos y siguiendo con la mirada al posible intruso a través de las ventanas de adelante y atrás de auto, convirtiendo en un panóptico al carro. Está desesperado.


El hombre y el niño se quedan pasmados. Ninguno reacciona y esperan que el perro se calme solo. Here comes the sun se alcanza a escuchar en los parlantes del auto de forma intermitente, durante las fugaces pausas del ladrido del perro. 


El hombre se pone nervioso y decide abrir un poco la ventana de su izquierda. Quiere vigilar que nada ni nadie aceche su tranquilidad en esa desierta calle donde decidió estacionar su carro. Dejó de llover. Solo hay una densa neblina que se apodera de todo el perímetro exterior del carro.


El niño continúa:


- No pasé ni una noche solo. Esa misma tarde, cuando se me extinguió mi familia, una señorita muy amable que se llamaba Claudia, me dijo que se iba a hacer cargo de mí. Fue una paramédica que llegó a llevarse el cuerpo de mi abuelo con otros dos colegas suyos. La imaginé como mi nueva mamá, hasta que me dijo que conocía un orfanato que me iba a encantar. Yo hice un berrinche tan escandaloso porque creí que eso significaba ir donde las monjas. Cuando al fin lograron calmarme entendí que iría a la casa de un señor muy amable. Señor muy amable; siempre me acuerdo de esas tres palabras exactas que dijo esa mujer.


El hombre cierra la ventana luego de observar afuera si alguien rondaba alrededor. Mira al niño y siente compasión. 


-¿Era de verdad un señor muy amable? - pregunta hombre.

- Lo odié desde la primera sopa - responde el niño.


El hombre solo le queda mirando y no atina a decir nada. Quiere seguir escuchando.


- Me acuerdo que lo que primero sentí al llegar a esa casa vieja fue un hedor que no reconocía de qué era - explica el niño. Olía como a humedad podrida, o tal vez a un vegetal fermentado mezclado con agua de cañería. Después supe que llegué en un día de sopa de brócoli, porque esa era la porquería que olía en todos los rincones de esa mansión, de pasillos largos y escaleras rústicas. 

- ¿Qué niño no odia la sopa en este mundo? - opina el hombre.

- Después de la primera sopa con la que me recibieron el día que llegué, mi memoria se limitó a recordar solo un momento concreto de cada día: las partidas de ajedrez con otros niños y niñas, todos rapados y con cremas sobre lastimados en sus pieles. Con semblantes demacrados, como viejos bohemios de unos sesenta y cuatro años.


El hombre no sale de su asombro doble: por el relato del niño y por la manera en que lo cuenta.


De repente, dos faros se encienden frente al carro del hombre. El perro se levanta enseguida y en el parabrisas se proyecta una imagen casi espeluznante, porque las orejas del animal parecen cuernos de un demonio, cuya silueta se dibuja perfectamente con el contraluz que generan los faros.


- No dejes que me lleven, por favor. Tienes que ayudarme - dice el niño, observando aquellas luces intensas de afuera. 


The sound of silence ya suena por la mitad, en esa antología de música popular en inglés que les acompaña esa noche por la radio encendida. El hombre está tranquilo, hasta el punto en que se pone a hacer figuritas de animales con sus manos, aprovechando el contraluz.


- De aquí no nos baja nadie - le dice al niño, mirándolo apenas de reojo - mejor cuéntame la historia completa.


Los faros reducen su intensidad, pero no se apagan, aunque el auto sí. Unas tres personas se bajan de ese vehículo grande; es una buseta. Casi por inercia, el señor y el niño se sientan en el piso del carro, para esconderse. El perro entiende todo y hace lo mismo, pero en la parte de adelante, del lado del copiloto.



- Concéntrate para que no te pique. Concéntrate para que no te pique. Concéntrate para que no te pique. Eso nos repetían, una y mil veces mientras jugábamos, unos dos gemelos ridículos y pelirrojos que usaban Crocs. Hasta que un día la sopa de brócoli me cayó mal y tengo que recuerdo de ver esa colada verde grisácea disolviéndose en el inodoro, mientras yo sentía un gran alivio.


Ahora en el parabrisas se proyecta una fila de siluetas humanas que proyecta la luz de la buseta. Son siluetas pequeñas, de niños y niñas que se encaminan hacia la puerta lanfor, cerca del carro, que aún está cerrada.


- Ya mismo necesito salir. Mejor dicho, necesitamos salir. Galito y Amanda están ahí, les prometí ayudarles a escapar - sigue el niño con su relato, hablando bajito, susurrando. Galito y Amanda fueron los únicos amigos que pude conseguir ahí porque les pasó lo mismo. Un día vomitaron esa asquerosidad y se dieron cuenta que la vida no era solo estar jugando ajedrez, y como yo, descubrieron que todos los que vivíamos en esa casa, incluido el Señor muy amable y los patéticos pelirrojos, teníamos piojos que nos fastidiaban en diferentes partes del cuerpo, no solo en la cabeza. 


El perro interrumpe la charla con nuevos ladridos estridentes que alertan a la gente de afuera. Mientras se escucha Stairway to heaven, se acerca un hombre a espiar por la ventana del copiloto, en la que se ve la silueta de una cabeza pelirroja, que brilla con el contraluz que proyectan los faros de la buseta estacionada que ya la apagaron. 


- Este es nuestro lugar de desinfección. Todos los jueves nos traen a fumigarnos la cabeza, mientras nos muestran escenas cómicas de películas para que sonriamos, aunque las ganas de llorar que sentimos es muy intensa, como la picazón de los piojos - cuenta el niño.


El hombre queda mirando en una dirección perdida, como si hubiera encontrado la ubicación exacta del centro de la tierra, con sus ojos más cristalinos de lo común. Anonadado. Estrangulado por un nudo en la garganta que quiere descorchar un llanto estremecedor. El ritmo de Stand by me en la radio ayuda a bajar la tensión del instante.


- Cuando con Amanda y Galito presentimos que éramos víctimas de algún tipo de manipulación en ese orfanato, una madrugada en la que el dueño de la casa y sus súbditos colorados no estaban, entramos a la oficina del Señor muy amable y no tuvimos que hurgar nada, porque apenas prendimos la luz de ese lugar, en la pared, debajo de un reloj de manecillas muy elemental, se desplegaba un letrero que decía: El hogar de los niños tristes.


El hombre ya no puede controlarse más y el llanto le gana, pero de una forma tan genuina y melancólica, que le contagia al niño las ganas de llorar. El perro se acerca al rostro del hombre y le lame una y otra vez en su nariz, ojos, boca, cara completa. 


- No les puedo ayudar - solloza el hombre, y continúa. Precisamente hoy, cuando salí a comprar frutas y verduras con ella, descubrí que le contagié mis piojos. No les puedo ayudar. Es mejor que ayudes tú solo a tus amigos. No quiero contagiarles mi nostalgia.


El hombre abre la puerta del auto para que salga el niño. Se agacha al piso del asiento de atrás, agarra una funda de brócoli que estaba en sus pies y le entrega al niño.


- Llévate. Tal vez algún día te vas a dar cuenta que esto no es tan asqueroso como parece.


He was a friend of mine ya suena por la mitad, desde aquella radio donde el hombre alcanza a ver que ya son las 23h13.







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