La caperucita roja

Soy tan básico que solo me acuerdo de la experiencia más contada sobre mí. Hasta sirve como metáfora en muchas situaciones de la vida. ¿O es que mi memoria es muy limitada? Eso sería preocupante, porque quizás me olvido que soy lobo y llegaré a cree que de verdad soy abuelita. 

La primera vez que la vi fue un instante mágico e, incluso, siniestro. Tal vez era un duende convertido en una niña que nunca envejece, porque han pasado siglos y en mi cabeza no ha dejado de ser ese personaje entrañable que protagoniza el relato inmortal que vive en mi memoria.


Primero me asusté; nunca antes había visto un ser parecido en el bosque. Imagínate, un lobo asustado. Las manos eran pequeñas y suaves; sostenían esa canasta con la que acumulaba manzanas del huerto abandonado. Su cabello era café brillante. Esas manos y ese cabello me hicieron descubrir la delicadeza. Un segundo antes de ese momento yo no estaba consciente de que existía esa ternura que conmueve a la mirada.


¿Dónde quedó mi impulso salvaje?, me pregunté cuando salí de la enajenación que me provocó encontrarla sentada en mi roca. Me desconocía. No entendí cómo fue capaz de anular mi instinto depredador. O quizá sí entendí, pero como ignoré al susurro del bosque, no me di cuenta que, además de la delicadeza, estaba descubriendo el asombro.


Dicen que de una historia siempre hay más de una versión; una infame obviedad que ni siquiera la mencionaría. Pero en este caso es necesario porque es impresionante la manera en la que la versión de esa niña ha sido interpretada y tergiversada enésimas veces, en millones de idiomas. Pero a mí nadie me ha escuchado. Tal vez por eso mi memoria no deja ir a ese recuerdo. 


Pero a mí nadie me ha escuchado. Nadie se imagina que solo soy un lobo que se ilusiona todos los días, con el deseo de acercarse a ella, mirarla e intentar hablarla. 


Imagínate, un lobo enamorado. 


No lo puedo creer; soy metáfora de mi misma historia.

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