El vecino ya no quiere galletas
Caminaba descalza. Eso fue lo primero que llamó mi atención. No me pareció algo normal, porque ocurría en la vereda de la 13 de junio, una avenida grande y muy transitada de la ciudad. Después vi su ropa. Era un solo conjunto oscuro, compuesto por suéter y pantalón café, casi negro, de tela brillante, como de terciopelo. Llevaba puesta la capucha, donde vi su rostro.
Era una mujer joven; calculé unos veinte años, tal vez. Miraba a la nada, hacia un horizonte repleto de pensamientos que le aturden, pensé. Cuando pasó al lado mío, yo preferí ignorarla y seguir mi camino con Frida, la chihuahua que adopté el año pasado. Pero mi curiosidad me hizo voltearme unos metros más allá, para observarla una vez más, antes de que se pierda entre la gente que ya comenzaba a circular masivamente.
Ella me veía. Cuando me volteé ella ya me miraba, detenida justo sobre la rejilla de una alcantarilla. Yo regresé a ver detrás mío, por si acaso la observación de la chica no era hacia mí, sino a alguien que venía más allá, pero no. La acera estaba vacía en los siguientes metros. Yo también la miré quieto, durante unos segundos, intentando entender el instante. Decidí acercarme.
Frida fue directo hacia los pies de ella y yo jalé su correa para que no le molestara. Pero se agachó, la amarcó y acostó sobre su muslo y comenzó a acariciarle. Después me miró a mí, con sus ojos completamente húmedos y rojos. Así no estaban cuando pasó cerca mío, pocos minutos antes.
¿Te puedo ayudar en algo?, pregunté. Ella solo bajó su cabeza y continuó acariciando a la chihuahua.
¿Necesitas llegar a algún lugar?, le consulté. Tampoco dijo nada y solo se sentó en el piso. Frida no se alejaba de ella. Ambas se veían como si fueran compañeras de vida inseparables con mucho años de historia. Decidí también sentarme y dejar que la chica siga mimando a la perrita. No me molestaba ni incomodaba.
El vecino, dijo, mientras seguía acariciando a mi mascota, sin mirarme a los ojos.
¿El vecino?, respondí.
El vecino ya no quiere galletas, añadió.
No supe qué más decirle en ese momento. Así que solo miré el ir y venir de los carros en la 13 de junio, intentando interpretar lo que me decía. Es que intuía que, tal vez, ella tenía algún desequilibrio mental y lo del vecino era alguna alucinación.
En medio de mis elucubraciones, ella se levantó, soltó a Frida y comenzó a caminar en dirección en la que yo me dirigía antes de detenerme y regresar a hablarle. Dio pocos pasos y se volteó a mirarme. Lloraba y su formar de ver era penetrante, intensa, conmovedora. Por eso sentí que lo único que podía hacer en ese instante también era levantarme y seguirla.
Ella soltó una risita, mirando a Frida que movía la cola mientras nos juntábamos a su lado. Deduje que necesitaba que le acompañe, no sé si para llegar a algún sitio específico o solo para sentir que no estaba sola. Me angustiaba que camine descalza porque el sol de cerca del mediodía comenzaba a sentirse intenso y seguro el suelo iba a arder.
Precisamente, por el calor que ya se instalaba en la atmósfera, ella decidió sacarse el suéter. Llevaba debajo solo una camiseta negra de tiras. Tenía unos pechos voluminosos que no se notaban con el súeter puesto. Su cintura y abdomen se descubrían un poco, porque la camiseta le quedaba corta. No se inmutaba por sus pies desnudos que ya caminaban sobre un piso hirviendo.
¿No te arden los pies?, le pregunté preocupado, aunque sin atinar cuál podría ser la solución si me decía que sí.
Me ignoró y siguió la caminata. Ya habíamos abandonado la 13 de junio y andábamos por una calle secundaria que bordeaba un parque. Ahí decidí soltar un rato a Frida para que corra por el pasto. Ella le siguió también corriendo, muy emocionada.
Cuando procuraba sentarme un rato en uno de los columpios del parque para ver jugar a mi perrita con mi nueva amiga espontánea, vi que ella salía del parque en dirección a una calle que llevaba hacia una de las quebradas que conformaban a esta ciudad de topografía irregular. Entré en pánico cuando vi que mi chihuahua le seguía a ella a un paso acelerado. Corrí desesperado para alcanzarles y, desde la entrada del parque, vi que ambas estaban paradas frente a una casa muy cerca de la esquina de la calle sin salida para vehículos, porque unos metros más allá comenzaba el descenso de la quebrada.
Frené mi apuro y caminé con más tranquilidad cuando noté que la chica y la perrita no hacían nada más que mirar con mucha atención hacia la fachada de la casa. De todas maneras, no tardé en asustarme, porque su postura no era normal. Si bien solo estaban detenidas, su quietud me perturbaba porque parecían estatuas.
Con mi corazón acelerado, llegué hasta afuera de la casa que se encontraba justo al frente de la que les cautivaba a ambas, donde las veía de espaldas, todavía congeladas. Algo me detenía a alzar la vista hacia arriba, en dirección de lo que observaban. Me sentí muy nervioso y me concentré en Frida, a quien la llamé, pero no me hizo caso. Cuando, al fin, decidí mirar la fachada de la casa, mis ojos apuntaron hacia la única ventana que se divisaba, la cual no tenía vidrio, y lo único que se alcanzaba a ver en su interior era una soga colgada de un tubo oxidado.
¡Nora!, gritó una anciana detrás mío, desde la casa que estaba a mis espaldas. ¡Dejaste quemar las galletas!, añadió.
¡Es que ya no le gustan al Tomás!, respondió Nora, con un alarido que sonó a berrinche, se dio la vuelta y entró a la casa desde donde le gritó la vieja. Frida quiso seguirla, pero la detuve y le puse su correa.
El súeter de Nora se cayó en el piso cuando corrió. Lo recogí para timbrar a la puerta y devolverle, pero tenía ante mí solo una pared deteriorada, de graffitis desgastados y con un orificio que permitía ver hacia adentro. Solo había un terreno vacío que descendía hacia la quebrada del final de la calle.
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