La luna roja
Hoy ya no hubo serenata. Ni cerca, ni lejos. Un suave sonido de lluvia, de gotas pequeñas y fugaces, reemplazó al canto de las cinco y dieciséis.
La luna roja se las llevó. Estoy seguro. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de que aquel fenómeno ocurrido en el cielo de anoche no fue una anécdota o un simple espectáculo para los que gustan de estos hechos extraordinarios.
Mi intuición me dice que esa luminiscencia cálida de la luna despertó a la bandada. Los chingolos, mirlos, gorriones y colibríes del gran árbol en mi barrio pensaron que ya amanecía, aunque sus alas aún se mantenían encogidas. Pero con sus ojos abiertos su canto empezó por inercia, y al comenzar a instalarse el rito de la melodía, cada uno de los pájaros comenzó a elevarse hacia el cielo aún negro, pero con un destello anaranjado que volvió surreal a la atmósfera de la madrugada.
La luna se convirtió en un portal. Las aves agitaron sus alas con todas sus fuerzas y con la mayor rapidez, para alcanzar a entrar ahí. Cada una se fue cantando. Aquel resplandor inusual fue como un imán que atrapó su presencia total.
Mientras eso ocurría yo seguía dormido, aunque sumergido en un sueño que ahora comprendo. Caminaba por un bosque en el que sentía mucho calor, pero no me importaba porque caminaba debajo de árboles repletos de pájaros, entre pequeños y medianos. Eran de tantos colores y formas que me costaba distinguir a uno en concreto.
Sin embargo, a mi entusiasmo por estar rodeado de muchas aves no tardó en reemplazarle la angustia. Mientras yo avanzaba en mi caminata, los pájaros elevaban vuelo y se desvanecían en el cielo; desaparecían mientras el calor cada vez sofocaba más.
Mi desesperación por lo que ocurría me puso a correr, no sé para qué. Solo sentí el impulso de huir, o tal vez de perseguir el vuelo de esos seres tan encantadores a los que no quería perder de vista, ni librarme de su presencia. Pero fue imposible evitarlo.
Cuando llegué al último árbol del bosque, uno que estaba a poco centímetros de un barranco, vi a los últimos cuatro pájaros posados en una de las ramas cerca de la copa. Enseguida sentí una melancolía profunda que me hizo llorar, mientras no dejaba de mirarlos, hasta que mi cara se humedeció más; ya no eran mis lágrimas, era una leve llovizna que comenzó a emanar el cielo, justo cuando esas últimas aves emprendían su vuelo hacia el infinito.
Un frío repentino me despertó.
Comentarios
Publicar un comentario