Agonía
- Agonía, es el momento de mi agonía - pensó Lucía después de un nuevo suspiro forzado. Ya eran varias ocasiones en las que se había despertado súbitamente, sintiendo fugaces mareos por la falta de aire; el primer síntoma era un hecho.
- No seas tonta, te estás sugestionando otra vez- se respondió después del pensamiento que le asaltó segundos antes y enseguida intentó dormirse nuevamente. Ya se escuchaban algunos pájaros, pero la ventana aún no se iluminaba nada.
El verano ya se sentía en su esplendor, la brisa estaba muy fresca y el sonido de las olas lejanas producía una satisfacción que ella añoraba hace tiempo. Estaba acompañada por Andrea, su mejor amiga; Leo, su primer novio; María Elisa, su hermanita menor; más atrás iban Lucrecia y Eduardo, sus padres, los más felices de esa caminata, quienes iban cantando y riendo mientras se acercaban más al grupo de adelante.
- ¿Vieron las gaviotas en el muelle? - preguntó Eduardo, casi gritando, para que le escucharan las chicas y Leo.
- Claro, Pa -respondió Lucía- yo les dije que saliéramos más temprano.
Las gaviotas volando sobre el muelle, numerosas y hambrientas, era la señal de que la última lancha de pescadores ya había llegado después de su faena nocturna.
- No importa, Lu - dijo Leo, con un tono optimista, viendo cómo su novia empezaba a correr hacia el muelle - podrías aprovechar para grabar ese bonito espectáculo.
Lucía estaba por graduarse de la carrera de cine y aquel viaje a la playa había organizado con el pretexto y necesidad de grabar las últimas escenas del rodaje de un corto documental sobre la contaminación de aquel sector del Océano Pacífico, que lo estaban sufriendo especialmente los pescadores. Pero ella en su guión tenía pensado hacer una toma del arribo de los pescadores al muelle, con su carga repleta. Solo alcanzó a encontrarse con Víctor y Orlando, dos de sus entrevistados del día anterior, quienes ya le habían contado el problema que atravesaban desde varios meses atrás.
No le quedó más que encender su cámara y grabar a las gaviotas que iban y venían, formando círculos en el cielo, en un contraluz precioso que delineaba sus siluetas con un destello encantador, producido por el sol que comenzaba a surgir entre las nubes.
- Algo poético se te ocurrirá - le dijo Andrea a su mejor amiga, mientras divisaba lo mismo que Lucía captaba con su réflex.
Y otra vez, un hondo suspiro y el mareo intenso pero breve, le generaron taquicardia y sudor frío. La angustia era más intensa y pensó en despertar a Agustín para alertarle lo que estaba sintiendo, pero descartó esa posibilidad para no preocuparle a esas horas.
La ventana estaba pintada de un tenue morado y le dio ganas de levantarse a mirar ese espectáculo. La ciudad se veía en pausa, silenciosa, con el resplandor del sol naciente al fondo; un paisaje fascinante que no quería que se desvaneciera. Imaginó que era una gaviota que atravesaba cuadras y cuadras de la ciudad, observando que los árboles empezaban a pintarse de un verde cálido, que las ventanas de los edificios brillaban y que uno que otro transeúnte deambulaba. Se detuvo afuera del departamento donde vivió su abuela, a quien vio cómo abría las cortinas a la misma hora de siempre, vestida con su traje púrpura que tanto le gustaba lucir los domingos para ir a la iglesia y después recibirles en el almuerzo, y recordó las empanadas, las risas, las anécdotas vividas con el abuelo que le gustaba evocar una y otra vez, los abrazos con olor a perfume de lavanda.
Esta vez la asfixia ya fue más aguda y el mareo más violento y prolongado. Lucía tocó la cabeza de Agustín, quien respiraba lento y sigilosamente; lo envidió y prefirió respetar su sueño, aunque le acarició suavemente el mechón donde se le acumulaban más sus primeras canas.
El sol ya estaba instalado en un cielo despejado. El celeste era el color favorito de Lucía, por lo que era bastante usual que ella esté de buen ánimo en días así. Además, al fin podía sentirse libre, junto con Oso, su samoyedo de quince años que corría con la energía de un cachorro entre los árboles del bosque, escapando de Lucrecia y Eduardo, mientras Lucía preparaba unos sanduchitos de salami con mostaza de miel, muy parecidos a los que habían comido con Agustín en su primera cita. Él preparaba la limonada con agua mineral que también les encantaba a ambos.
Oso saltaba y ladraba persiguiendo la cometa que la pequeña María Elisa hacía volar junto con Andrea, mientras Lucía las veía, sintiendo una inédita felicidad y alivio porque, al fin, la asfixia había cesado.
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