La niña violinista

El otro día soñé en una niña que tocaba el violín y amaba los animales. En cada ensayo que hacía para aprender una nueva canción, mientras la melodía iba sonando mejor, tenía una sensación muy parecida a ese cariño entrañable que sentía ella al estar cerca de algún animal; una ternura que conectaba a ambas situaciones. Y si se equivocaba en sus ensayos, la ternura no se perdía, al contrario, se convertía en la fuerza que la pequeña violinista necesitaba constantemente para explotar de entusiasmo, una y otra vez, y disfrutar de aprender y de persistir.


Cada vez que esta niña brindaba un concierto, su violín destacaba más que el resto de toda la orquesta, porque los entendidos decían que sus notas sonaban más sublime que la mejor canción interpretada, porque era como si un coro escondido o invisible, conformado por entonaciones jamás escuchadas entre seres humanos, fuera el origen del sonido extraordinario que regalaba en todo recital.



A los tiempos que me acuerdo, tan clarito, de un sueño.







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