Latidos
Dolores
¡Ay! Qué doloroso el dolor de Dolores. Es que así de redundante e insólita fue esta tragedia. Parecía que todo iba bien en su vida, pero aquella tarde el universo conspiró contra su suerte, en un momento en el que ni el más desquiciado de los presentes se habría imaginado lo que iba a ocurrir.
La plaza estaba atestada de curiosos, de desocupados, de ladrones, de monjas, de mal pensantes, de huérfanos, de comerciantes, de ingenuos, de demagogos, de infelices. Extrañamente, unas dieciocho palomas perseguían un diminuto riachuelo formado por la chicha derramada al pie de la carpa improvisada de las artistas, ignorando la constelación de arroces regados entre el límite de la vereda destruida y un pedazo de asfalto, a escasos centímetros de una de las paredes mal puestas de la
carpa, donde se alcanzaba a observar una fila de zapatos.
Este detalle habría pasado desapercibido si Leonardo no querría tanto a los animales, sobre todo a las palomas de la plaza, a las que perseguía siempre con euforia envidiable. ¡Pero quién se iba a imaginar que justo esa tarde, justo en ese momento tan anhelado por su madre, el azar sería tan cruel!
Apenas una de las desdichadas aves alzó vuelo, Leo pegó un salto casi al compás del último golpe del bombo de la orquesta, por lo que algunos testigos dirían después que ese instante decisivo fue “como de las películas”, ya que la plaza quedó en silencio, en esa pausa breve que antecede al formalismo de los aplausos y a la venia del artista, pero el estruendo acaparó las miradas y detuvo los latidos de todos, comenzando por la infortunada Dolores.
Vinicio
El polvo flotaba sobre las siluetas negras de las danzantes de la plaza, y eso distraía a Vinicio. Pero le gustaba lo que veía, ni siquiera se percataba que muy cerca de él, su guagua consentida, de apenas dieciséis, la Elizabeth, no le negaba besos al hijo del Humberto, el vecino del que desconfiaba, “Vini”, como este le llamaba hipócritamente.
-Y eso que al fondo ya llueve – se dijo Vinicio, mientras descubría que cerca de los árboles del cerro comenzaba a nacer un arcoíris que justo bordeaba el límite entre las tejas de las dos casas de la cima y las nubes grises.
-No sea que vaya a caer fuertísimo, con todo y rayos, como anoche- se respondió a él mismo.
La bulla de los platillos le interrumpió su divagación, y Vinicio cayó en cuenta que ya mismo se terminaba el show, porque ya lo había visto en tres repasos a los que acompañó a su hermana Mayra. Las faldas de las estrellas de la tarde ondeaban idénticas y formaban un matiz volátil, entre luz y sombra, algo que también embelesó, por varios segundos a Vinicio.
Cuando se acordó de Elizabeth, regresó a verle justo cuando notaba que el hijo del Humberto le decía algo al oído y su guagua solo reía, pero sin disimular esa pícara complicidad. Vinicio suspiró profundo y enseguida creyó que era mejor si ya iban saliendo, si se la llevaba de una vez a Elizabeth a la casa, hasta que… ¡pum!
-Pero ya ni llovió – pensó Vini, asombrado al mirar cómo el polvo aún ondeaba el aire con lentitud, encima de un sinnúmero de sombras pasmadas en el silencio ensordecedor y fugaz del clímax de una tragedia.
Leonardo
A Leo le preocupaba algo sobremanera. Las palomas no habían comido todo el día, porque desde temprano habían instalado las carpas para el evento en la plaza, y doña Carmen no se había aparecido con la funda de migas, como cada sábado.
Pero también le desesperaba que sus mimadas estén tomando la chicha que regó el Marcelo cuando la banda terminó su turno en el show.
-El arrocito, comerán; el arrocito – repetía y repetía Leo, atento a cada movimiento de las palomas, sin percatarse de que su mamá coronaba la parte más importante de la coreografía tan ensayada por varios meses.
Le daba ganas de esconderles o de romperles la otra botella de trago, pero tenía miedo del Wilson, que llevaba una pistola que le compró a su primo y parecía que ya estaba un poco borracho.
-Con esa no llegas ni a la cara del López – le decía riendo el Óscar al Wilson, refiriéndose al afiche del alcalde que estaba pegado en el poste contiguo a la carpa de los artistas. El Toño también reía, mientras el Wilson les ignoraba, quizá porque lo único que deseaba era irse a terminar toda la cerveza de la tienda de don Aurelio.
Leo no aguantó ni un segundo más. Se acercó hasta la carpa por detrás del tumulto de espectadores y decidió él mismo limpiar la chicha regada. Agarró unas medias que creyó que eran de su mamá, porque estaban dentro de los zapatos blancos de taco que reconoció enseguida, al verlos en el borde de la carpa mal armada.
Nadie se percató de lo que hacía Leo porque el show estaba llegando a su fin, hasta que Aceituna, la paloma preferida del niño, trató de escapar, y Leo saltó para intentar detenerla.
Justo en el momento en el que alcanzaba a contener el vuelo de Aceituna, Leo la soltó, porque sintió que un fuerte impulso la elevó con ella, mientras un estallido efímero silenciaba a la plaza. Solo el alcalde López, desde el poste, observaba con su eternizada sonrisa falsa, aquella escena que hoy es la leyenda más evocada del pueblo.



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