Segundo a segundo




La jueza le impuso la condena de no dejar de mirar el paso del tiempo. Era un reloj maltrecho, con números digitales en una pantalla diminuta, rectangular, de un centímetro y medio de alto, por cuatro de ancho. El segundero titilaba y eso encendió enseguida la desesperación de Segundo. Qué curiosa coincidencia; un segundero torturando a Segundo.

No le colocaron ningún aparato en sus ojos para evitar que los cierre. El método aplicado fue ponerle dos reflectores de luz blanca pegando en su cara, instalados de tal manera que le encandilaban la vista completamente, a menos que mirase el reloj; esa era la única forma en la que su vista dejaba de saturarse, aunque su mente se perturbaba al observar aquel despiadado transcurso del tiempo en un paupérrimo artefacto. Pese a que lograba cerrar sus ojos por algunos segundos, la intensidad de la luz en su cara lo obligaba a mantenerlos abiertos frecuentemente.


Segundo no cometió ningún delito, simplemente “fue consumido por el vicio de la ansiedad”, según se lee en una parte del fallo de la jueza, “lo cual es nocivo para el entorno del sentenciado, ya que usa como pretexto el paso del tiempo para justificar esa exasperante y contagiosa conducta”, añade aquella disposición judicial.


Basada en esos argumentos, la jueza impuso la condena para que Segundo “pueda controlarse ante el inevitable paso del tiempo y logre una verdadera rehabilitación”. El tiempo impuesto de esta condena fue de 13 días laborables.



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