Me voy; recuérdenme así
Paula encontró el pedazo de papel sobre el suelo de madera falsa, un poco escondido entre los flecos de la alfombra. Cuatro palabras que le detuvieron en un ensimismamiento intenso, que le produjo un flashback a todos los momentos felices con Felipe.
Fueron todos los momentos juntos en un solo recuerdo. Fue una carga nostálgica tan grande que le provocó un mareo y un vacío profundo en su estómago, que solo atinó a sentarse en el suelo, taparse los ojos y dejar que el llanto fluya, aunque no fluyó. Solo le invadió un sudor frío en su espalda, miró de frente al espacio abandonado, a esa sala donde sintió tanta alegría tantas veces, pero el llanto no fluía.
“Me voy; recuérdenme así”, leyó nuevamente Paula, esta vez emitiendo un tímido murmullo, como si estuviera con más personas y tuviera recelo de que la escucharan.
- O quizá no estoy sola - dijo con más convicción y volumen en su voz.
Sus latidos se aceleraron, se sentía observada y ofuscada, sobre todo, acalorada. Lo único que se le ocurrió hacer fue sacarse sus botines negros, sus medias grises de rayas naranjas y poner sus pies desnudos sobre el piso.
Esa era su manera óptima para regular la temperatura completa de su cuerpo. Lo solía hacer muy seguido en las noches, sacando sus dos pies de las cobijas, para que la fría brisa nocturna le baje el calor en su pecho, espalda, rostro, alma.
Se levantó, comenzó a caminar por la superficie fría e íngrima de la sala. Sintió el placer de darle frescura a su cuerpo desde las plantas de sus pies, relajando su corazón, aunque todavía con cierta angustia por sentirse acompañada.
Recorrió el departamento con el temor de encontrarse a alguien ahí; obviamente imaginaba hallar a Felipe, muerto, como alguna vez había sucedido, pero en su cabeza, cuando se imaginó eso después de una discusión absurda por dinero que escaló hasta el extremo de que él le amenazó con suicidarse.
En ese momento sintió alivio porque, al menos, ya no sería posible tener que seguir soportando escenas enfermizas como esa. Pero ella estaba segura que esa nota no era nota de suicidio, sino una simple acción caprichosa para llamar su atención.
Paula no entendía nada. La mudanza había concluido, el hogar ya no era hogar, el fin estaba consumado.
Se sentó, encendió un cigarro y leyó una vez más la nota, que la releía, una y otra vez, entre el humo que soplaba intencionalmente contra la hoja, para que rebotara.
Y en ese nebuloso instante, Paula tuvo un recuerdo clarísimo. Felipe le abrazaba y le susurraba al oído que nunca se iría sin ella. Fue la primera tarde cuando se habían terminado de instalar en el departamento.
Llovía. Se metieron a la ducha, con agua hirviendo, en un arrebato que habían tenido luego de una improvisada sobremesa que surgió después de comer algo cuando terminaron de ubicar los muebles.
Su recuerdo lo revivió cinematográficamente, encuadrando en su mente escenas que las evocaba como si las estuviera mirando en una pantalla, con una atmósfera de película; sentía los detalles a flor de piel, el calor del susurro de Felipe en su oreja, el agua caliente recorriendo su espalda, sus manos enredadas en su cabello, sus pezones rozando la pared de la ducha.
Paula se estremeció; por un lado se sintió excitada y, por otro, angustiada, al entrar en consciencia de que ya nada existía, nada de lo que en su memoria le producía una hermosa sensación de bienestar y alivio.
Quiso evocar más directamente aquel instante, pero la puerta del baño estaba cerrada con llave. No comprendía por qué.
- ¿Los de la mudanza la habrán cerrado por accidente? No creo. Si de acá solo se llevaron la estantería de mimbre y yo entré luego de ellos - dijo Paula, en un monólogo con ella misma, nuevamente con miedo de que alguien más le escuchara.
-¡Quién más, pues! - gritó exaltada, sintiendo, esta vez, una ira inexplicable que la expresó llorando.
Al fin se le había desatado el llanto que lo tuvo atorado desde el estómago por un buen rato. Era llanto de rabia por tener que estar viviendo ese momento, esa época tan maldita, como ella lo sentía.
Regresó a la sala, sus zapatos y medias ya no estaban allí, por lo que se dirigió al dormitorio para buscarlos ahí. No recordaba el momento en que los llevó hacia allá. Pero no pudo buscarlos porque esa puerta también estaba cerrada.
Nuevamente sudó frío y la claustrofobia comenzó a acechar. Seguía sollozando, pero la rabia ya se le había ido. Ahora tenía una intensa desolación, una ansiedad extrema porque la claustrofobia era creciente.
En efecto, estaba encerrada. Así lo descubrió inmediatamente al darse la vuelta, luego de intentar varias veces abrir la puerta del dormitorio. Se dio cuenta que estaba dentro de una habitación, pero no de la que compartió siete años con Felipe, sino de un espacio en el que solo estaba un espejo colgando de una pared verde claro, una mesita debajo del espejo y, al lado, una cama pequeña y destendida.
Sobre la mesita que era muy alta como para considerarla velador, estaba un papel. Paula lo tomó, con el deseo de sentir la presencia de Felipe en las palabras que dejó escritas, pero no era una hoja con un mensaje emotivo, era una factura de 86 dólares.
Afuera ladraba un perro. Eran ladridos acompañados de aullidos, como si el perrito necesitaba ayuda. Era la mascota de un vecino del edificio; un desgraciado que dejaba abandonado al pobre animal días enteros.
Paula cayó en cuenta de que estaba en el balcón. Sostenía la factura en sus manos y alcanzó a ver que el perro se movía como loco en el patio de la planta baja del edificio, caminando entre sus cacas. Adentro estaba prendida una luz en la sala y sonaba una canción de rock que no identificaba.
- Si quieres, esos 86 lo pagamos entre los dos. A la final, los de la mudanza subieron tu sala y mi refri, todos esos seis pisos - dijo Felipe, asomando medio cuerpo por la puerta del balcón. Solo una toalla le cubría la mitad de su cuerpo.
Paula no entendió nada, y solo atinó a mirar nuevamente la factura que no la soltaba. Se concentró en el frío de sus pies descalzos, que se humedecieron con el piso mojado del balcón; a sus piernas descubiertas ya las sentía congeladas. Apenas estaba puesta una camiseta de Felipe.
Fue hasta la sala, acomodó la alfombra que estaba debajo de la mesita del centro, entró al dormitorio, tomó un esfero de su velador y se encerró en el baño.
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