Érika

La chica del asiento en la mitad del bus va sola. Cuando subí estaba despierta, con un gesto de tristeza que me llamó la atención. Por respeto no insistí en seguir viéndole mientras me sentaba, me acomodaba y esperaba que arranque el viaje.





Pero a los pocos minutos de iniciada la marcha, vuelvo a caer en cuenta de su presencia. Y sigue conmoviéndome. Es su soledad, su semblante triste, su cansancio. Entonces, imagino que se llama Érika y que tuvo una noche difícil. Ahora sólo está volviendo a casa. Su mamá la esperó despierta toda la noche, pero ya no se alarmó; sabe que Érika se va de la casa cuando quiere desconectarse del mundo y no hay nadie que le haga entender que no lo debería hacer más. Es la cuarta vez que lo hace.


Érika ahora duerme o intenta hacerlo. Y la veo tan vulnerable. Le calculo unos 20 años, máximo. Tuvo una noche complicada. Dura. Intento imaginar qué le pasó exactamente. Mi mente tiene ideas exageradas, muy perversas, a las que no quiero darles rienda. Es que pensar, por ejemplo, que está extorsionada sexualmente por un profesor de la universidad, suena demasiado doloroso. Pero es una situación muy verosímil Pudo haber estado la noche anterior en casa del pervertido, porque le obligó a que le visite para exonerarla de los exámenes finales. Ella no quiere aceptar el chantaje, pero no va a poder aprobar la materia porque su trabajo de mesera en un hotel del centro le quita gran parte del tiempo que necesita para dedicarse a su carrera. 


Érika estudia biología. Érika tiene que ayudar a su mamá que se quedó sin ingresos desde que la despidieron del Banco. Érika perdió a su papá cuando se enamoró de la mamá de su mejor amiga. Érika ya no tiene mejor amiga.


Ese rol de poder que suelen atribuirse los “maestros” es propenso a convertirse en violencia de género, porque aprovechan su posición para sacar provecho sexual de sus alumnas. Se han conocido casos reales al respecto. Por eso no es loco pensar que Érika podría ser víctima de algo así. El machismo todavía se hace sentir también de estas formas. 


Pero Érika pudo haber estado con su novio, quizá. Su tristeza insinúa más una resignación mañanera de que tiene que volver a su casa, porque el Juan José tiene clases y ella tiene que ir a casa. Le incomoda la idea de que nuevamente va a tener que verla llorar a su mamá. Ya no duerme, pero lo intenta hacer, buscando y rebuscando la mejor posición que le permita viajar cómoda. 


La madre de Érika sufre con esas desapariciones espontáneas de su única hija, durante noches enteras. Una de estas ya no has de volver, le dirá gritando, al final del sermón de bienvenida que le espera. Pero, en realidad, ella está tranquila, con solo acordarse de su novio y de los planes que tienen para cumplir juntos. Una de estas ya no he de querer volver, dice, con voz bajita. 


Érika sonríe dormida y yo ya me tengo que bajar en la siguiente parada.

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