Luna llena
- Noche perfecta para morir. Kierkegaard ya lo sentenció: la vida tiene que ir para adelante pero es inevitable no mirar atrás. Tal vez esas no fueron sus palabras exactas, pero es la idea. Y, aparte de eso, no hay otra verdad más que la muerte. La luna está redondita, radiante, imponente, imprescindible para enamorados que deberían aprovecharla para amarse con una intensidad sin precedentes. Es lo que hay y tienen que disfrutar, porque hay gente que no tiene a quién abrazar con pasión en esta noche. Y es desolador hasta el punto de desear no existir más, por el bien de la humanidad, que perdería un pesimista que no aporta en nada a la alegría que merece este mundo.
Mientras terminaba de escribir esa reflexión pensada en ser la última de su vida, Alberto se acordaba de su psicóloga y el análisis de su egocentrismo que hizo en la sesión de la semana anterior. Evidentemente, la última parte del texto era una manifestación explícita de ese narcisismo que siempre asaltaba sus pensamientos, pero del que nunca estaba consciente, a excepción de escasos momentos como ese.
- Como si la humanidad se fuera a dar cuenta de mi ausencia, si mi lamentable presencia nunca fue importante - pensó, tan egocentrista como siempre.
La desesperación de Alberto iba en aumento. Su cabeza le pesaba y solo deseaba arrancársela de una buena vez. Quería correr, huir, aparecer en otra realidad, retroceder el tiempo, recibir una llamada emocionante e inesperada, algo que le permita ganarle a ese sentimiento horrible que le mantenía estático.
Ya no veía la luna. Se escondió en la oscuridad de su habitación para intentar escapar, al menos, escribiendo lo que sentía ese momento, con el deseo recurrente de que el azar, dios, el destino, cualquier cuestión inesperada le saque de esa ofuscación dañina. Era lógico que a todo este colapso le iba a seguir un llanto de desahogo, aunque Alberto no lograba dejarlo fluir. Solo seguía escribiendo en su computadora, intentando descifrar aquella melancolía profunda, también ira, también desesperanza.
Sonó el teléfono o, para ser más precisos, la vibración del celular comenzó a hacerse sentir entre las sábanas de su cama donde dejó tirado el aparato. Aunque era unos leves zumbidos, casi imperceptibles, el silencio de aquel momento le permitió darse cuenta que estaba entrando una llamada. Alberto regresó a ver al teléfono y vio la pantalla encendida. No corrió, no saltó, no se inmutó. La vibración continuó algunos segundos más hasta que paró y la pantalla se apagó.
Alberto jugó a adivinar. Pensó en Cristina, que estaba en Hungría y que, milagrosamente, se acordó de él, porque la telepatía existe y, tal vez, su tristeza le convocó a la distancia, a miles y miles de kilómetros. Se acordó también de Fernanda, y de cuánto lo ama, pero solo sintió compasión, una vez, más por no sentir el amor que ella sueña que Alberto le regale. Y se le vino a la cabeza también Eugenia, que le odia por no corresponderla, pero no es su culpa, o quizá sí, porque le ilusionó con esas llamadas que duraban más de dos horas y eran pura risa.
- La Francisca no podía ser - pensó al acordarse de ella - o tal vez sí, pero en eso ya no tengo derecho a arrepentirme - lamentó.
Entonces, apostó consigo mismo. Las cartas estaban tiradas y ese era su último recurso para decidir hacer algo que le permita acabar con la desolación que desvanecía sus ganas de vivir. Se prometió que si la llamada perdida era de alguna de ellas, enseguida corría a verlas, incluso si tenía que armar maletas para ir a Hungría.
Dudó, como de costumbre, respiró hondo, sintió un calor como de gripe y tomó el celular.
Era la voz del tipo que le llamó al mediodía a ofrecer una mejor vida pagada en cómodas cuotas, al que le pidió que le llame más tarde, por no decirle que no joda más. Pero se olvidó de bloquearle, y el tipo obedeció a su orden.
- ¿Qué creen que por ser luna llena me van a convencer?
Pendejos.
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