Don Nadie, el predicador

 En una mañana más de sol intenso y con su algarabía rutinaria, Don Nadie proclamó:

*Estamos llorando con barrigas llenas.

Nos quejamos, desde el privilegio heredado de tener casa, servicios básicos y las tres comidas diarias, de que las inconformidades de otros alteran nuestra cotidianidad encerrada en una burbuja. Hay que estar conscientes de la posición en la que vivimos y también saber que existen realidades diferentes a la nuestra, que pesan, duelen y son injustas cuando comparamos lo que tenemos, frente a lo que carecen otras personas que merecen tener lo mismo que nosotros: casa, servicios básicos y las tres comidas diarias. Ahí está el privilegio, en no sentir la pobreza en su cruda esencia.



Es un privilegio heredado porque nuestros padres se esforzaron por darnos lo que tenemos, de lo cual hay que estar agradecidos y trabajar por asegurarles los mismos recursos a quienes nos sucederán en el tiempo. Pero esa no es razón para ignorar aquella injusticia que rompe la lógica que debería primar en un mundo, supuestamente, humano y civilizado.

Con protestas no se va a cambiar la realidad de un momento a otro, pero sí pueden ser parte de un proceso que, a quienes preferimos mirar desde lejos los hechos, nos incite a romper la burbuja y entender que existen angustias y precariedades, aunque ajenas, necesarias de escucharse y conocerse. Solo de esa manera podemos ir gestando una evolución social y cultural real, desde hábitos con más conciencia por el bien común, desintoxicados de las nocivas ideologías y desentendidos de agendas de caudillos.

Así, las futuras generaciones dejarían de llorar con sus barrigas llenas.*

Nadie se inmutó en plaza, pero Don Nadie sintió, de todas maneras, cierta satisfacción.


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