Los cinco cadáveres
El problema comenzó en el momento en que el congelador exclamó su queja. Francisco leía tranquilo su Ulysses de James Joyce, cuando sintió que un ruido extraño llegó desde la cocina. Enseguida intuyó que era por los cadáveres que guardaba.
No dudó en sacar al más grande. Total, es el que está en peores condiciones, dijo mientras lo retiraba del congelador y lo colocaba en el piso. Se quedó mirándolo por algunos segundos, tal vez minutos, tratando de pensar cómo deshacerse de ese enorme y grotesco bloque helado que estaba averiando su congelador.
Recién a la noche siguiente pasaba el camión de basura, pero a Francisco ya le perturbaba la presencia de ese muerto. Decidió envolverle con tres fundas y ponerlo en la zona de afuera de la entrada a su departamento. Cerró la puerta pero no sintió el alivio que debía sentir. Más bien, observó al bulto nuevamente, a través de la pequeña ventana de la puerta y se imaginó que durante la madrugada ese rincón podía estar invadido de gatos o ratas devoradoras de cadáveres.
Así que Francisco la metió nuevamente a su cocina. No sabía si dejarla sobre la alfombra o sobre la cerámica. Dudaba entre apoyar a la funda contra la pared o contra la puerta. Imaginaba que, tal vez, el olor de la sangre podría llamar la atención de las ratas que le esperarían listas para atacar al muerto, ahí afuera, al pie de su penthouse, apenas él salga a trabajar en la mañana. O podrían ser gatos, pensó igualmente con cierta angustia.
Finalmente buscó dos fundas extras, grandes, que sirvan de soporte al bloque que estaba en franco deshielo, para que no se estile la alfombra, ni el piso. De todas maneras, imaginó que se formaba un charco en las fundas base. Le dio asco. Pensó que podía producirse un olor horrible que quede impregnado para siempre en su pequeño hogar.
Eso le hizo volver a dudar sobre la solución más práctica. Quería ir a dormir tranquilo y solo esperar hasta el momento habitual de los martes, a eso de las siete de la noche, para poder colocar el cadáver como basura común y corriente en el sitio por donde pasa el camión recolector. A final de cuentas, para él era basura común y corriente.
Decidió mantenerse en su última idea. Dejar dentro al cuerpo hasta el día siguiente, con las bolsas debajo para que no se moje mucho el piso y apoyado a la puerta. Sigue descongelándose. Así, aún no llama la atención de ratas y gatos, dijo en su mente. De esa manera se acostó más tranquilo.
Durante la madrugada, Francisco se despertó dos veces, fugaces. La primera fue porque sintió que algo cayó desde su cama. Pensó que tal vez era el juguete de su Bull Dog francés y retomó el letargo. Tiempo después, tal vez dos horas luego, volvió a despertarse. Esa vez sí fue porque sintió un ruido en la cocina, muy seguramente de la refrigeradora. Se preocupó. Imaginó una congeladora dañada, que eleva el consumo de la factura de luz y que no permite enfriar bien en la parte de abajo, llena de hielo en sus paredes. Maldito cerdo. Cómo no tomé en cuenta este detalle. La gran puta, maldijo Francisco, se dio media vuelta y siguió durmiendo.
Cuando ya sonó la alarma en la mañana, enseguida escuchó que la refrigeradora sonaba fuerte, con una frecuencia permanente. Como si el motorcito interno de ese aparato estuviera funcionando con mucha intensidad, al borde del colapso. Le volvió la angustia, se levantó y fue a abrir la puerta del congelador. Efectivamente, sonaba fuerte, quizá normal como de vez cuando puede sonar, pero la preocupación le hacía inventar y sobredimensionar un problema que no era tal.
Luego de alistarse para salir a trabajar, Francisco intentó acomodar bien a uno de los dos cuerpos que le quedaban, el segundo más grande después del que iba a desechar. Tal vez, el mejor conservado.
Descartó la idea de llevarse el cadáver esa mañana. Porque había considerado la posibilidad de llevárselo en el taxi hasta afuera de su trabajo y botarlo en el contenedor que hay en la esquina de la calle donde está el rascacielos en el que está su oficina. Pero no quería levantar sospechas de ningún tipo.
Francisco se fue a trabajar con menos preocupación sobre el tema, esperando solo volver en la tarde o noche. Y así fue. Llegó y esperó unos pocos minutos antes de bajar. Se sentó un momento en el único sillón que tiene su casa y recibió la llamada de un número desconocido. Contestó y una voz irreconocible de un hombre se escuchaba del otro lado que dijo dos veces Aló. Pero después del tercero, sin tener respuesta, Francisco colgó la llamada.
Dos minutos después volvió a vibrar el celular de Francisco. Era esa misma voz de la llamada anterior, pero esta vez sí preguntaba alguien por él. A Francisco le pareció una voz desconocida y de alguien falso, se imaginó que tal vez le estaban llamando a extorsionar o intentar estafarle. Soy Federico López, papá de Sofía López, usted se lleva bien con ella, expresó la voz que ya le pareció conocida a Francisco.
Don Federico le contó que Sofía se enojó con él mientras iban en el carro, camino a una cita del dentista de Sofía, porque esa mañana se le había escapado el gato de casa. Le amargó con esa mala noticia casi ocho horas después de que el animal salió, y eso fue lo que hizo reventar a Sofía. ¡Y me estás llevando al dentista en vez de estar buscándole al Zeus hasta que aparezca!, le dijo, según relató Federico. Y salió del carro, lanzó la puerta y quién sabe a donde corrió Sofía, con tremenda ira y angustia a cuestas.
La llamada de Federico era para pedirle a Francisco que por favor se comunique con ella e intente tranquilizarle. No tenía ningún problema en hacerlo, pero primero debía ir a botar la basura. Así que le dijo brevemente a Federico que cuente con eso, que él le iba a llamar a Sofía. Cerró la llamada, bajó con el bloque desleído más un par de fundas con basura, y salió a ponerla en la fachada de la casa donde está su departamento, el lugar de siempre. Una cosa habitual, la acción rutinaria de los martes cuando inicia la noche.
Al subir encontró algunas gotas de sangre que había dejado el descongelamiento del cuerpo ya deshecho. Echó en el piso el líquido anti grasa y anti bacterial del mesón de la cocina y pasó su trapeador semihúmedo que solo le utiliza dos veces al mes. Después marcó a Sofía, dos veces, y no tuvo respuesta. Decidió mandarle un mensaje de voz. No es que todo te está saliendo mal. Quizá solo es de esas épocas de mierda en las que varias cosas, supuestamente malas, ocurren casi al mismo tiempo. Y uno piensa que tiene una maldición encima. Pero no es así, son solo cosas que pasan para aprender de ellas, tal vez reflexionar o, simplemente, solo asimilar que ocurren y ya; sin necesidad de contar con una explicación concreta. Eso fue lo que Francisco le dijo en un mensaje de voz a Sofía, básicamente.
Cómo se iba a imaginar Francisco que el haber limpiado las pocas gotas de sangre que dejó aquella panceta pesada y enorme, iba a ser la evidencia con la que fue condenado a 36 años de cárcel. Evidencia completamente absurda y falsa para incriminarlo como el principal sospechoso de ser el responsable de la desaparición de Sofía.
Desde aquella noche ya no se supo más de ella. Solo encontraron su celular abandonado en la puerta de la casa de Sofía. Nunca le devolvió las llamadas ni le respondió el mensaje de voz a Francisco. Esos intentos de él por ponerse en contacto con ella despertaron inquietud en los investigadores de la desaparición de Sofía. Ellos intuyeron que, si Francisco intentó en ponerse en contacto con ella esa noche, fue porque tuvo algo que ver con el extravío de su amiga. Federico negó que habló con Francisco, a pesar del registro de sus llamadas, y le creyeron.
Una semana después de que se perdió el rastro de Sofía, los investigadores fueron al penthouse de Francisco, irrumpieron el lugar con abuso de la fuerza, acompañados por militares, y después de una hora de análisis descubrieron que Francisco había limpiado gotas de sangre en el piso de la cocina. A esa altura le faltaba todavía una semana para pasar otra vez el trapeador por el piso de la cocina. Maldito timing, me falló, pensó, riendo un poco, mientras los investigadores le hacían notar que eso le incriminaba como un presunto femicida.
A Francisco no le sirvieron los cortes de lomo y costillas que aún conservaba en el congelador, para demostrar que la sangre era de un bloque de carne incautada, mal manejada, del que necesitó librarse porque estaba dañando el aparato. No pudo, incluso, demostrar que un cuarto cadáver ya no habría entrado en ese limitado y defectuoso electrodoméstico. Me lo hubiera llevado en mi camino a la oficina y nada de esto habría ocurrido, fueron sus últimas palabras antes de lanzarse de espaldas, al vacío, desde la terraza más alta de la prisión.
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