La ilusión tiene un aroma

 Pensó que lo que apestaba era Chinaski, su labrador que se había frotado unos segundos antes con el pasto del bosque. Pero el mismo perro fue el que descubrió el verdadero origen del terrible olor. 

La parte de un rostro sobresalía en la superficie de un pequeño pantano a un lado del sendero por el que caminaban Óscar y Chinaski. No se podía distinguir si era la cara de un hombre o una mujer, porque apenas se veía un fragmento de la frente, ojos y nariz. El resto del rostro, cabeza y cuerpo estaban sumergidos en esa agua putrefacta, cuyo gris infestado de tenues burbujas multicolores brillaba con el sol de la mañana. 


Óscar sintió unas fuertes náuseas mientras sudaba frío ante ese descubrimiento. Se preguntó si era un cadáver completo o solo una cabeza en descomposición. Chinaski olfateaba intensamente, al borde del sendero.

  • Cuidado te caes a esa mierda, le dijo Óscar a su perro mientras le colocaba la correa en su collar.

No sabía qué hacer; entró en el dilema de llamar a la policía a reportar su hallazgo, o seguir con la caminata, tratando de ignorar lo que acababa de descubrir. Pero era imposible. No podía portarse indiferente ante algo tan macabro que se mantendría en su cabeza por el resto de su vida.


Y aunque haya considerado por un instante esa segunda opción, iba a tener a que descartarla porque Óscar y Chinaski ya no eran los únicos testigos. Al lado del perro apareció otro, un Schnauzer gris con un collar rosado que llegó con el olfato afilado porque enseguida se prestaba a saltar al agua, hasta que unas manos delicadas y huesudas, como las que le encantan a Óscar, le agarraron a tiempo a Valentina, según como le nombró su acompañante al gritar de susto ante el casi inminente hecho de que la perrita se sumerja a esas aguas asquerosas y depósito de un cadáver.

  • Qué terrible este charco, huele a diablos, dijo la chica después de salvar a su mascota.
  • No es charco, es pantano. Y no son diablos, es un muerto que está ahí dentro, le respondió Óscar.

La mujer no supo qué decir. Apenas le miró a Óscar con una expresión de pánico que destacaron aún más unos ojos que a él le impactaron. Después, ella se puso de cuclillas ante el pantano y lo observó detenidamente, apretando su nariz con su mano izquierda, para evitar oler el hedor que se volvía cada vez más intenso por el sol que comenzaba a hacerse sentir con más fuerza aquella media mañana.

  • ¿Qué hacemos?, preguntó ella ante la mirada sorprendida de Óscar.

Ahora fue él quien no supo qué responder, ya que aún no se decidía ante el dilema que tenía antes de que aparezcan las nuevas espectadoras de aquella atroz escena. Pero, además, en medio de esa incertidumbre imprevista, en una caminata de bosque rutinaria que repentinamente se volvió extraordinaria, Óscar se ilusionó por el “hacemos”; sintió que entre él y esa chica, quien le encantó desde que descubrió su ojazos de sorpresa cuando le dijo que ahí había un muerto, se estaba construyendo una complicidad capaz de ir más allá del compartir una experiencia conmovedora.

  • ¿Cómo te llamas?, le preguntó.
  • Valentina, dijo ella.
  • ¿No es la perrita?, respondió Óscar.
  • Las dos, explicó Valentina.

Óscar no pudo evitar sonreír un poco, mientras pensaba que lo que estaba viviendo ya era una historia para un cuento, mínimo. “Acabo de encontrar un muerto, con Chinaski y dos Valentinas de testigos”, se dijo. 


Los ojos del cadáver observaban aquel encuentro peculiar de Óscar y Valentina. Estaban abiertos, aunque no podía notarse una expresión concreta que insinúe cierta emoción que pudo haber sentido esa persona en el instante que perdió la vida. Lo que sí comenzó a notarse fue un destello de cierto tono naranja en un poco de cabello que flotaba detrás del rostro. 


  • ¿Y ustedes cómo se llaman?, preguntó Valentina.
  • Qué hermosa pregunta, le dijo él.


Ella rió con una espontaneidad que le encantó a Óscar, quien cada vez sentía más emoción por lo que estaba viviendo en ese instante. Ya ni el olor del pantano le molestaba, porque en él comenzaba a apoderarse un fuerte e indescriptible aroma a algo que le hacía sentir bien. “Quizá así huele una ilusión”, pensó él.


  • Óscar y Chinaski. Mucho gusto, Valentinas, dijo y le extendió su mano a ella.


Las pestilencia dejó de percibirse completamente en el ambiente, porque ese olor de ilusión se incrementó en un pestañeo cuando Óscar sintió la mano de Valentina, tan frágil y suave, que deseó no soltarla nunca más. Luego del efímero estrechón, ambos regresaron su mirada al cadáver en el agua y se mantuvieron en silencio durante unos ocho segundos.


  • Creo que mejor nos vamos, propuso Valentina.
  • Vamos, respondió Óscar.


Chinaski y la otra Valentina se perseguían lejos, entre corridas y saltos por el pasto húmedo de esa parte del bosque. Óscar suspiró sutilmente, aunque procurando que Valentina sienta que lo estaba haciendo. “Nuestros hijos no dejarán de sorprenderse cuando les contemos que nos conocimos descubriendo a un cadáver”, pensó ella, después de percibir el suspiro de Óscar cerca suyo, con un aroma que no logró descifrar a qué olía, aunque le provocó una intensa sensación de bienestar.



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