La foto de la novia
Amparo iba todos los jueves al salón de Carmen, a eso de las tres o cuatro de la tarde. Dependía del tiempo que le tomaba la siesta después del almuerzo. Para ella era ideal ir a la peluquería ese día porque podía mantener el peinado hasta el domingo y así asistir siempre bien presentada a las reuniones de generales a las que acompañaba a su esposo casi todos los fines de semana.
Pero un jueves no llegó. Para Carmen, la ausencia en aquella ocasión de su cliente más fiel, a la que ya consideraba una gran amiga, le llamó la atención, aunque no se preocupó; intuyó que tuvo otro compromiso que le impidió cumplir con la cita que le había confirmado el día anterior.
Un poco antes de las siete de la noche, Carmen guardó la bata exclusiva de doña Amparito, como ella le decía, que la había colocado doblada en el asiento reservado para ella. Ese trato preferencial era una retribución de Carmen a la generosidad de Amparo cuando le compró los nuevos rizadores, planchas y secadores de cabello que reemplazaron a los que le habían robado en un asalto a la peluquería.
Luego de guardar la bata en uno de los armarios del salón, Carmen se dio cuenta de que sobre el asiento también estaba la revista favorita de doña Amparito. Al ver la foto de portada se acordó de la joven Amparo, cuando le peinó para su boda, porque en la imagen aparecía una novia peinada con un moño muy peculiar en la parte trasera de su cabeza, que a simple vista tenía la forma de un caracol. “Así igualito quiero que se me vea”, le había pedido Amparo a Carmen, según recordó la peluquera con un sentimiento especial, porque esa fue la primera vez que le atendió, nada más y nada menos que en el día de su casamiento, unos trece años antes de aquella noche.
Después de mirar la portada, Carmen se acomodó en el puesto de Amparo y comenzó a hojear la revista entera. En una de las páginas de la mitad vio la foto de Paulina Rubio y enseguida se acordó de aquella tarde en la que tiñó de rojo el cabello de doña Amparito, y no del dorado que lucía la cantante en esa foto; no se había dado cuenta que utilizó un tinte equivocado. A pesar de ese error, Amparo se sorprendió del resultado y dijo se veía más guapa que la célebre artista. Por eso, Carmen sonrió al recordar ese episodio y sintió cierta nostalgia al verse sola frente al espejo y notar que estaba sentada en el puesto de alguien que era muy importante en ese lugar.
Doña Amparito se ausentó tres jueves más. Carmen procuró ser prudente y no averiguar nada, por respeto a su cliente y por recelo con su esposo, un militar al que ella le tenía un poco de miedo porque contadas veces le había acompañado a Amparo a peinarse y nunca recibió un trato amable de parte de él.
Pero Carmen ya estaba angustiada. Una tarde le quemó el cabello a una cliente con la plancha, porque se distrajo al estar ensimismada en sus pensamientos que le hacían imaginar cosas trágicas sobre doña Amparito. Con ese incidente se sintió obligada a indagar qué pasaba con doña Amparito, y decidió llamarle a la casa. Pero no tuvo respuesta. Marcaba y marcaba, y el teléfono al otro lado timbraba eternamente, pero nadie contestaba. Carmen se lamentó tanto por no conocer la dirección de la casa de Amparo, para ir a averiguar personalmente la razón de la desaparición de su amiga.
Luego de tres meses, cuando Carmen comenzaba a resignarse en no volver a ver a Amparo, una extraordinaria casualidad le dio la respuesta. Mientras barría a los pies del árbol que estaba afuera de la peluquería, entre la hojarasca que iba a despejar del piso apareció una fotografía recortada, incompleta. Carmen sudó frío, se agachó y encontró ahí a la joven Amparo en el día cuando se convirtió en doña Amparito, deslumbrante de alegría, con una sonrisa que brillaba como el blanco de su vestido y del velo que cubría el moño de caracol que ella le había hecho. En un extremo de la foto podía verse una parte de la silueta de un hombre a su lado.
En realidad, Carmen no estaba segura si con ese hallazgo insólito supo lo que pasó con su amiga, aunque no dudó en saber que nunca más iba a recibir su visita. Por eso decidió pegar sobre el espejo frente al puesto de doña Amparito, el retazo de foto que encontró. Además, puso la bata abierta sobre el asiento para que nadie más lo ocupara, mientras su revista favorita quedaría siempre sobre la mesita al pie del espejo, para sentir cerca a su cliente inolvidable.
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